Agentes de la Educación de Personas Adultas

Módulo 4 : Estrategias de intervención

Principios metodológicos

Existe abundante bibliografía sobre los principios metodológicos fundamentales para la educación de personas adultas. Es un asunto muy tratado que puedes consultar en la bibliografía de este curso. Los más significativos son:

  • La incorporación de los aprendizajes previos. Todas las personas que vivimos socializadas en un contexto geográfico-temporal, acumulamos la mayor parte de las veces de modo consciente, pero también de modo inconsciente multitud de conocimientos, destrezas, habilidades, rutinas, elementos culturales respecto al lenguaje,  costumbres,  tradiciones y otros muchos elementos, que constituyen un legado muy importante para sustentar la adquisición de nuevos aprendizajes.

    Además, la experiencia social proporcionada fundamentalmente por el medio familiar y el entorno social y laboral en el que nos desenvolvemos, añade a los aspectos anteriores nuevos y más concretos conocimientos que nos permiten de modo genérico no solo la supervivencia, sino el progreso y el éxito personal.

    Ningún adulto parte de cero.  No sólo hablamos de conocimiento científico-técnico, como si fuera éste el único importante que puede ser medido y valorado, sino de otros conocimientos que afectan a la capacidad de análisis e interpretación de la realidad y toma de decisiones.

    La manera de hacer y trabajar en educación de personas adultas está condicionada por la capacidad de incorporar a los nuevos procesos de aprendizaje, sean de la naturaleza que sean, los conocimientos y las habilidades previamente adquiridas por los participantes. Pero también estos procesos sólo requieren incorporar conocimientos, sino reconocer y validar los mismos, como punto de partida para nuevos procesos más complejos y especializados.

    Como siempre la mayor dificultad consiste en trasladar este principio a la práctica docente. Hay que distinguir dos situaciones claves. La inicial que condicionará la validez de los aprendizajes previos demostrados para la ubicación en procesos superiores, y la permanente, que rescatará y utilizará estos aprendizajes previos en la dinámica del proceso iniciado como soporte para completarlo con el mayor nivel de éxito posible.

  • El ejercicio de la libertad personal. La condición adulta en las sociedades democráticas, exige la manifestación de la libertad personal reconocida y no cuestionada dentro del ámbito de la convivencia y de la ley. En la educación de personas adultas el ejercicio de la libertad está implícito desde el origen de cualquier proceso, ya que se parte de que es la propia persona la que decide su incorporación al mismo, su conclusión o su abandono.

    No pueden plantearse procesos obligatorios o impuestos para este tipo de educación. Es cierto que la dinámica social y productiva, coherentemente con sus lagunas y contradicciones, puede abocar a muchos adultos a realizar procesos “impuestos” o maquillados como “requisitos imprescindibles” pero evidentemente no nos referimos a este tipo de situaciones, aunque se produzcan de hecho.

    Hablamos de las situaciones en la que las personas realmente deciden en el ejercicio de su libertad personal. Esa libertad no sólo se manifiesta en el momento de la incorporación o la conclusión de un proceso, sino que se manifiesta también en el desarrollo del mismo. Desde el punto de vista metodológico este principio conlleva una gran responsabilidad para los agentes educativos, porque ha de ser integrado con todas las consecuencias y exige un esfuerzo considerable de respeto y consideración, así como de garantía de calidad ante las expectativas objetivas del propio proceso.

    Ningún adulto parte de cero al incorporarse al proceso educativo.

  • La horizontalidad. Es uno de los principios clave de la educación de personas adultas. Sitúa a los agentes actores (profesores, monitores, expertos...) y a los agentes participantes (alumnos, profesionales, socios...) en un mismo plano para la construcción y el avance del conocimiento. Se rompe la concepción errónea que atribuye al agente actor el rol activo y protagonista frente al rol receptivo del agente participante.

    La aplicación de este principio supone aumentar enormemente el potencial de aprendizaje, ya que todas las personas implicadas se perciben como acreditadas para aportar. La dificultad que implica este principio es superar el nivel actitudinal, en el que se desarrolla sin ningún problema para ser incorporado al nivel metodológico que rige el desarrollo de los procesos educativos.
  • La construcción de aprendizajes significativos. En la sociedad actual estamos sometidos a multitud de estímulos de aprendizaje. Claramente la capacidad para aprender esta condicionada y limitada, no sólo desde el punto de vista cognitivo, sino también desde la propia decisión y motivación de cada persona.

    Ahora bien, cuando una persona se enfrenta a un proceso de aprendizaje que despierta su interés o su necesidad, lo que sí pretende es que aquello que aprende llegue a formar parte de sí mismo, sea capaz de enriquecer y aportar de modo objetivo y práctico a su propia realidad como persona.

    Desde este punto de vista, el aprendizaje significativo es aquel que es capaz de conectar y entroncar con sus conocimientos previos, con sus intereses concretos, y con sus expectativas de progreso, de tal modo que le posicione en mejores circunstancias iniciales y le resitúe en un nuevo punto de partida.

    La construcción del aprendizaje que se diseña en los procesos intencionales no puede ser ajena a este principio que necesariamente debe ser incorporado. Hay que modificar y reestructurar las cuestiones a aprender para que éstas sean percibidas de modo significativo, de lo contrario estaríamos perdiendo potencialidad.

  • El desarrollo del autoaprendizaje.   Al ser tantas las propuestas de aprendizaje, y al mantenerse éstas de forma indefinida, no queda otra salida que capacitar a las personas para que puedan aprender por sí mismas.

    Según la naturaleza de los aprendizajes, se pondrán en marcha diferentes mecanismos que fundamentalmente tienen que ver con procesos mentales, adquisición de destrezas cognitivas, aplicación de métodos analíticos, deductivos, de inferencia y otros, que vayan consolidando la necesaria autonomía para poder enfrentarse a nuevos procesos de futuro.

    No se trata pues de pretender abarcar y almacenar conocimientos, sino de capacitarse para discernir qué conocimientos son necesarios, buscarlos a través de las fuentes y las redes de clasificación, seleccionar aquellos que se ajusten a los propios objetivos, procesarlos y finalmente utilizarlos y aplicarlos de modo funcional.

    Evidentemente resulta previo el dominio de aprendizajes instrumentales que sirvan de soporte para tener experiencias reales y exitosas de aprendizaje que orienten a las personas hacia procesos autónomamente desarrollados. Es imprescindible disponer de una educación básica dirigida a la adquisición de la base instrumental previa en el campo lingüístico, matemático, digital, audiovisual, social y cultural, que posibilite el desarrollo del autoaprendizaje.

  • El principio de actividad. Es éste un principio implícito en cualquier planteamiento didáctico. Está suficientemente demostrado que sin acción no hay aprendizaje. Lo que está en cuestión es la aplicación práctica de este principio, es decir, cómo proponer, seleccionar y ajustar las acciones a las circunstancias del proceso y a las características de los participantes, para que dichas acciones resulten eficaces y produzcan finalmente aprendizajes.



    Está demostrado que sin acción no hay aprendizaje

    Una reflexión evaluadora sobre numerosos procesos de aprendizaje, suele llevarnos a la conclusión de que en muchas ocasiones estas acciones resultan inapropiadas, desfasadas, desmotivantes, desproporcionadas, inoperantes, rutinizadas...

    Resulta de la máxima importancia darle valor a lo obvio, caer en la cuenta que el principio fundamental de actividad no se solventa de cualquier manera. Requiere de un gran esfuerzo para tomar las decisiones adecuadas respecto a las acciones de aprendizaje que deben personalizarse y contextualizarse al mayor nivel posible.

    Motivación, presentación, secuenciación, gradación, dificultad, oportunidad, relación, asociación, evaluación y muchos otros elementos, configuran el principio de actividad que debe ser técnicamente manejado.

  • La funcionalidad del aprendizaje. Los adultos lo tienen claro desde el principio: cualquier aprendizaje al que se enfrentan tiene que tener una proyección directa sobre la consecución de una meta.

    Normalmente la complejidad asociada a la condición adulta exige dirigir la energía hacia finalidades prácticas y necesarias que acaparan la atención. A veces resulta increíble comprobar como personas con una enorme carga familiar, laboral o ciudadana, realizan verdaderos “encajes de bolillos” para acceder y mantenerse en un proceso de aprendizaje.

    Desde un punto de vista didáctico este hecho debe ser tenido en cuenta de manera contundente, desde el más escrupuloso respeto y consideración. Los procesos educativos con personas adultas exigen “control de calidad”. En educación de personas adultas no “todo vale”.
    El rigor y el ajuste real entre el diseño de los procesos y las expectativas objetivas que éstos representan para los usuarios debe garantizarse.

  • El desarrollo de la creatividad y la manifestación de la propia iniciativa. En conexión directa con el carácter protagonista del adulto y el ejercicio de la libertad, cabe dar un paso más que considere la capacidad de producir y de expresar, como parte integrante de la construcción de los aprendizajes.

    Fomentar y potenciar el desarrollo de la propia creatividad refuerza la valía personal. Si contamos con la capacidad de las personas para implicarse en los procesos, más allá del papel receptor, contribuiremos al enriquecimiento personal y grupal.

    Contar con la creatividad hace percibir el conocimiento como algo abierto, inacabado, que siempre es posible completar, redefinir y comprender desde ángulos o puntos de vista insospechados. Pero no sólo es importante impulsar metodológicamente la expresión de la creatividad personal, también es esencial encontrar los momentos apropiados en el proceso para que ésta sea vertida al grupo y ejerza así de estímulo para el conjunto de los participantes.

  • El desarrollo del aprendizaje cooperativo. El valor que el grupo aporta al desarrollo de los procesos educativos está más que demostrado. El acompañamiento en el recorrido, la sensación de pertenencia e identificación con el grupo, el apoyo dado y recibido, crea un sentimiento de seguridad que rompe la posible sensación de soledad, de excepcionalidad y de angustia que suele aparecer al menos en las primeras fases de estos procesos.



    El grupo aporta seguridad al individuo y mejora el desarrollo del proceso de aprendizaje.

    Todas estas dimensiones afectivas que se asocian a la consecución de los aprendizajes, crean un ambiente que “arropa” y facilita la manifestación personal, al mismo tiempo que potencia la participación y el aprendizaje con los demás y de los demás.

    Desde el punto de vista de la motivación y la productividad, experimentar la sensación de que “aprendemos juntos”, representa un capital interesantísimo,  donde el avance se ve multiplicado por la aportación de los esfuerzos personales y desarrolla gran cantidad de capacidades y competencias.

    Poder expresar, aprender a escuchar, tener que contribuir, desarrollar la empatía y la comprensión de conocimientos, ideas y conductas de los otros, supone la adquisición de competencias inestimables para el desenvolvimiento en el medio social y laboral, mucho más allá de la participación en procesos educativos.

    Pero además el aprendizaje cooperativo permite experimentar el logro de objetivos más complejos y ambiciosos, de los que a nivel individual pueden ser propuestos.

    Sin embargo, también se dan dificultades que se manifiestan en ciertas características de los adultos como son: la desconfianza hacia los demás, la heterogeneidad de expectativas personales, la consolidación de esquemas de pensamiento y de conducta férreamente acuñados durante mucho tiempo y otras muchas características que no hacen fácil la adopción de propuestas metodológicas basadas en la cooperación.

    Corresponde a los agentes responsables manejar este principio, según los contextos, ya que pese a las dificultades comentadas representa un valor fundamental que no puede ser relegado.

  • El logro de la participación activa. La experiencia de participación afianza el carácter socializador del aprendizaje y refuerza la autoestima, al percibir la propia contribución como un elemento útil para el desarrollo o el logro de objetivos compartidos.

    La participación se percibe también como el ejercicio de un derecho, que refuerza la propia libertad y reconoce el valor de pertenencia al grupo. Fomentar la participación activa en los procesos educativos con personas adultas, consolida también la experiencia democrática, que conjuga los derechos individuales con los colectivos.

    Los agentes educativos saben que el progreso en el aprendizaje, se enriquece con la participación, al tiempo que se logra un mayor grado de cohesión que permite afrontar en mejores condiciones, progresivos objetivos de aprendizaje. Desde el punto de vista metodológico, hay que contar con la participación inexorablemente.

    No obstante, introducir  la participación como un elemento presente y permanente, exige control técnico, hábil y adecuado a las distintas situaciones de aprendizaje, y a las características particulares de los diferentes grupos con  los que se trabaja, que los agentes deben articular en función de su propia realidad.