Repaso del módulo

Cuando hablamos de actividad física en la escuela, no nos remitimos sólo a la clase de Educación Física o a los deportes que se hacen dentro del recinto escolar, sino que hacemos mención a una forma de entender el movimiento que promueve el sentimiento de bienestar hacia sí, que estimula la relación con otras personas y que permite moverse cómodamente en los espacios en los que chicos y chicas habitan y con los materiales que manejan.

Cuando observamos la actividad física que unas y otros desarrollan, nos damos cuenta de que suelen ser diferentes y que, para potenciar su desarrollo en ambos sexos, tenemos que generar recursos, actividades y tener un poco de creatividad.

Educar la actividad física supone también fijarse en el movimiento cotidiano, es decir, en cómo unos y otras juegan en el patio, cómo bajan la escalera cuando terminan las clases o cómo se manifiesta un cuerpo adolescente después de estar seis horas seguidas sentado, con sólo media hora de recreo.

Desde la escuela podemos:

  • Hacer una representación más equitativa de mujeres y hombres en el mundo del deporte y de la actividad física en general.
  • Dar valor a las necesidades de movimiento que chicas y chicos tienen, evitando los modelos androcéntricos.
  • Dar a conocer un abanico amplio de disciplinas en las que busquemos representación de hombres y mujeres que sean referentes para nuestro alumnado.
  • Incorporar la actividad física a la vida cotidiana, dando más valor a esto que al hecho competitivo.
  • Crear un clima en el que la fuerza, la violencia o el monopolio de algunos deportes, queden fuera de lugar. Por el contrario, promover actitudes de colaboración, participación, diversión y ganas de pasarlo bien en compañía.
  • Cuidar la distribución de los espacios en el centro, para que tanto chicas como chicos puedan disfrutar de ellos y utilizarlos con comodidad.
  • Procurar que los materiales puedan ser utilizados por niños y niñas, mostrando usos alternativos y diferentes según la creatividad de quien los utiliza.
  • Dejar espacio también para el reconocimiento de las sensaciones que nuestro cuerpo transmite, de manera que el reconocimiento de estos "mensajes" permita a nuestro alumnado el desarrollo de una mayor capacidad de autocuidado y seguridad en las propias emociones.