Mitos y prejuicios

En un Instituto de Educación Secundaria, una educadora le preguntó a un grupo de chicas y chicos adolescentes a qué edad creían que empezaba la sexualidad en el ser humano. La gran mayoría dijo que la sexualidad empieza en el momento en que se tiene una mayor maduración física y emocional. Hubo incluso quienes pusieron una edad concreta, los 18 años.
Ante esta respuesta, la educadora les preguntó a qué llamaban sexualidad y, salvo alguna excepción, ellas y ellos hicieron referencia a prácticas coitales. Hubo quien dijo que la sexualidad es aquello que se hace para tener bebés. Sólo dos chicas plantearon una visión más amplia de la misma.

hombre y mujer abrazados

Fuente: www.elpais.com

Con esta conversación, la educadora descubrió que, en general, estos chicos y chicas tenían una visión constreñida de la sexualidad que dejaba fuera otras formas de expresión corporal y de relación piel con piel. Hablaron de la sexualidad como si ésta sólo estuviera en los genitales (y no en todo el cuerpo), sólo se manifestara a través de relaciones sexuales coitales entre un hombre y una mujer (y no pudiera ser vivida de otras muchas maneras y entre personas del mismo sexo), sólo existiera en la edad adulta (y no a lo largo de una vida), etc.

En general, las chicas y algunos chicos hablaron de las relaciones sexuales como algo que ocurre entre dos personas que se quieren o que, al menos, sienten cariño e interés por profundizar en la comunicación con el otro o la otra. Otros chicos, en cambio, plantearon un modelo de sexualidad desvinculado de los afectos nombrándola con palabras sacadas de "anuncios de contactos". Uno de los chicos intentó provocar a la educadora diciéndole que él no necesitaba que nadie le explicara qué era o qué no era la sexualidad, ya que, según él, le bastaba pagar a una mujer para aprenderlo.  
De este modo burdo y violento, este chico puso sobre la mesa una forma de entender la sexualidad que también circula con fuerza en nuestro mundo: una cuestión técnica y mecánica desvinculada de los sentimientos y de la comunicación, que rebaja al cuerpo femenino a un simple objeto de consumo.
Se trata, por tanto, de una forma violenta de entender las relaciones sexuales, ya que lo que se pone en juego no es la relación de intercambio sino el poder de usar otro cuerpo. Y, allí donde existe violencia, hay un repliegue de la sexualidad.
La educadora le contestó que le daba pena que él quisiera vivir su sexualidad de ese modo, reduciéndola a simples contactos sexuales, ante lo cual él se quedó sorprendido porque lo que se esperaba era un sermón moral y no una puerta para vivir una sexualidad más sana y, a la vez, más creativa y plena.
En general, esta forma de hablar de la sexualidad no siempre coincide con la sexualidad deseada.

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Una experiencia

Esta es parte de la experiencia que relata la sexóloga Clara Alvariño en una carta que se publicó en el País Semanal, el 22 de junio de 2008 sobre esa necesidad de ir más allá en el diálogo con chicas y chicos.

(…) Si en una primera sesión de un curso de educación sexual les propones hacer una lluvia de ideas sobre todo lo referido a la sexualidad, aparecerán muchísimos términos. Muchos de ellos referidos únicamente a genitales y coito; muchos otros, aspectos negativos (infecciones de transmisión genital, embarazos no deseados, etcétera). Aparece la palabra placer, pero también la palabra amor. Si les pides que elijan tres palabras de todas las que han propuesto pensando en su propia sexualidad, los sentimientos y el amor salen de entre las más votadas, y esas pocas sí se acercan más a la sexualidad que ellos viven; quedarse con lo que dicen es erróneo. (…)

¿Qué opinas de lo que la autora plantea?