¿Ser hombre de verdad?

Basta prestar atención a lo que hacen o dicen los hombres que viven en una ciudad para darse cuenta de que no existe una sola forma de ser hombre. En un mismo contexto te puedes encontrar con algunos que realizan la parte del trabajo doméstico que les corresponde y que cuidan de sus hijos e hijas con cariño y responsabilidad, mientras que otros aún sienten que este tipo de actividades no les competen o les hacen ser "menos hombre". Del mismo modo, puedes estar con hombres que expresan emociones como el miedo, la pena o el amor sin ningún pudor, con otros a los que les cuesta hacerlo e incluso con algunos que sienten que esto es cosa de gente blanda y ñoña.

Pero todos ellos, con mayor o menor virulencia, han sentido alguna vez en su vida la presión para identificar su masculinidad con el ejercicio del poder y de la violencia. Esta presión ha sido alimentada a lo largo de la historia por la idea absurda de que un hombre que no se expresa usando estos códigos con los que tradicionalmente se ha estereotipado la masculinidad no es un "hombre de verdad". En el fondo, se trata de una idea que pretende mantener el status de superioridad masculina, tildando a las conductas que nada tienen que ver con la fuerza, la violencia o el poder como "afeminadas".

Esta presión se da de muchas formas. No es extraño, por ejemplo, que un niño que sea torpe jugando al fútbol o que no le guste jugar "a la guerra" sea marginado o ridiculizado por otros niños. Lo mismo le puede pasar a un niño al que le guste el baile o jugar a las casitas. Esto pasa cuando se identifican determinados juegos con masculinidad y otros juegos con "falta de masculinidad". Detrás de esta clasificación está la idea de que para ser un hombre "con mayúsculas" es necesario no hacer lo que hacen las mujeres ni parecerse a ellas, cerrando la posibilidad de que un hombre pueda hacer simplemente lo que le apetece hacer.

Niño y flor

Bajo la presión de esta lógica violenta, un niño o un hombre que usa la empatía, llora, reconoce y valora a las mujeres, se emociona ante una obra de arte, siente atracción sexual hacia otro hombre o simplemente cuida a su bebé, en vez de sentir que enriquece y humaniza su vida, puede llegar a sentir que pierde algo. Desde ahí, algunas conductas como dar "las gracias", decir "lo siento" o pedir "por favor" pueden llegar a ser sentidas como muestras de debilidad, porque cualquier gesto de apertura y reconocimiento hacia otra persona es vivido como flaqueza.

Es una lógica que busca que los hombres se hagan valer a costa de los otros y fundamentalmente de las otras. Aunque también, de forma paradójica, a costa de sí mismos.
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Reflexión

Ante todo esto, ¿qué te sugiere esta foto?

niños abrazados

Fuente: AA.VV. Relaciona, una propuesta ante la violencia, pág. 38, Instituto de la Mujer, 2001.

En los últimos años han sido muchas las voces, no sólo femeninas sino también masculinas, que han visibilizado la deshumanización y la violencia que implica esta forma de entender la masculinidad, una violencia que se ejerce, no sólo contra las mujeres, sino también, como hemos visto, hacia otros hombres y, de algún modo, hacia sí mismos. Son voces que han dado un giro radical a la palabra "valiente", considerando que lo es aquel que es capaz de desmarcarse de esta lógica y no quien usa la violencia o pone en juego su vida.

De hecho, cada día son más los hombres que se desmarcan de este modelo, creando formas de relación y de estar en el mundo más libres y humanas.
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Para saber más...

Quizas, este texto de Juanjo Compaire, te pueda ayudar a profundizar en esta reflexión sobre la masculinidad actual.