Recursos Educativos

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Javier Arístegui Ruiz - Actividad sísmica y volcánica en la isla de El Hierro

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Háblanos de tu trayectoria:

Conocí el mar a los 14 años, cuando mis padres me llevaron de vacaciones a Cóbreces, un pequeño y entrañable pueblo en la costa de Santander. Antes de ver el mar lo olí a muchos kilómetros de distancia, porque el mar del Cantábrico, sobre todo, se huele… Y desde entonces supe que mi vida estaría ligada al mar. Hoy necesito vivir rodeado de mar y me siento perdido en las ciudades al cabo de pocos días si no veo agua a mi alrededor.

Empecé los estudios de Biología en la Universidad Complutense de Madrid, pero acabé en Tenerife estudiando la especialidad de Biología Marina. Al finalizar la carrera y terminar mi doctorado (entre Tenerife y Londres), saqué una plaza para dar clases de Ecología Marina en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en la primera Facultad de Ciencias del Mar que se creó en España.

De eso hace ya muchos años, aunque el tiempo ha pasado tan deprisa que sólo las anécdotas y los viajes me permiten poner fecha a los maravillosos recuerdos que me ha regalado mi profesión. Hoy soy catedrático, director de un Instituto en Oceanografía y Cambio Global, y vicepresidente de un programa internacional sobre cambio global (Integrated Marine Biogeochemistry and Ecosystem Research) pero sigo con la misma ilusión que cuando empecé a trabajar. Cuando puedo, me embarco en nuevas campañas oceanográficas* y disfruto siendo un aprendiz de mis estudiantes, que por suerte siempre me están enseñando cosas nuevas.

He tenido el privilegio de navegar por casi todos los mares de nuestro planeta. He perdido la cuenta, pero he estado en más de treinta campañas oceanográficas. Participé en la primera campaña que realizó el BIO Hespérides a la Antártida en 1991, y desde entonces he vuelto cinco veces más. En 1993 tuve la suerte de estar con los últimos perros de trineo que ha habido en la Antártida, en la base argentina “Esperanza”.

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Recuerdo un año que estuve en el Golfo de California, en el Mar Mediterráneo, en el Mar Báltico, en la Antártida y en Canarias de campañas… ¡Qué locura!. No sé cómo no me echaron de casa…

Bueno, hoy día con mis hijas, esto sería impensable. Con tanto viaje he conocido el mar de todos los colores y temperamentos, y he pasado mucho miedo con alguna tormenta, pero también situaciones inolvidables. En el fondo me considero un millonario en experiencias. Con la investigación nadie se hace rico en este país, pero si disfrutas de tu trabajo como yo lo hago, eso no tiene precio. La última gran campaña en la que participé fue hace aproximadamente un año, en aguas de Australia, dentro del marco del proyecto de circunnavegación Malaspina. Sin embargo, he participado más recientemente en varias campañas más cortas en aguas de Canarias, alrededor del volcán de la isla de El Hierro, sobre las que os comentaré a continuación.

¿Qué te llevó a investigar el volcán de la isla del Hierro?

El 10 de octubre de 2011, tras más de doce mil temblores en los tres meses previos, el Instituto Nacional de Geofísica (ING) registró una disminución drástica de la sismicidad* y un tremor volcánico* continuo, que indicaba el comienzo de la fase eruptiva* en el volcán submarino* al sur de la isla de El Hierro. Días después, representantes del Instituto Español de Oceanografía (IEO), de las dos universidades canarias, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Gobierno de Canarias tuvimos una reunión en Madrid, en la sede del IEO, donde se planificaron una serie de campañas oceanográficas lideradas por dicho instituto, con su flamante barco oceanográfico “Ramón Margalef”, que aún ni siquiera había realizado las prácticas de prueba. El objetivo de las campañas oceanográficas era monitorizar la evolución en el desarrollo del volcán y sus consecuencias ambientales en las aguas al sur de El Hierro, un paraje natural con una espectacular reserva marina.

Desde entonces se han llevado a cabo cinco campañas oceanográficas (y algunas más geofísicas*) a bordo del “Ramón Margalef”, en las que la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) ha participado. Las campañas finalizaron coincidiendo con el comunicado, por parte del Instituto Geográfico Nacional (IGN), de que el proceso eruptivo se había terminado, y de que la cima del volcán que se había formado estaba ya a menos de 100 m de la superficie del agua… aunque aún siguen saliendo gases y piroclastos* por la boca del volcán. Las actividades científicas, sin embargo, no han cesado. Continúan con otro barco más pequeño, que la ULPGC ha alquilado, con el que pretendemos llevar a cabo una serie de medidas básicas que nos permitan la monitorización de las consecuencias del volcán en la región durante los próximos meses. De hecho, hace unos pocos días, investigadores de la ULPGC grabaron las primeras imágenes sobre el cráter del volcán donde se veían piroclastos incandescentes expulsados hacia la superficie y cardúmenes* de grandes medregales*, lo que da evidencia de la regeneración de vida en las aguas del volcán.

¿Cómo ha sido la experiencia en pleno volcán?

El 5 de noviembre del 2011, en la primera campaña oceanográfica, llegamos con el “Ramón Margalef” a la zona del volcán.

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Nunca olvidaré ese instante. Prácticamente encima del foco eruptivo empezamos a ver el agua burbujear, con la salida continua de cenizas en superficie. Nos quedamos embobados, filmando y fotografiando la escena, sin ser conscientes del riesgo que estábamos corriendo en ese momento.

Desde el "Ramón Margalef", en los momentos previos a la explosión del volcán


Bajamos una red de plancton* al agua y la recuperamos con dificultad; no con plancton, sino con cuatro kilos de cenizas volcánicas* en cada colector, ya que la columna de agua estaba llena de cenizas en suspensión.

La abundancia de partículas de hierro en el agua impedía que el mecanismo de control de la roseta oceanográfica* funcionara bien, ya que se adherían a los imanes del sistema de cierre de las botellas oceanográficas.

Desde el comienzo del proceso eruptivo del volcán no había habido ninguna manifestación de explosión, ni salida de gases por encima del agua. Por eso, el estallido del volcán con el levantamiento de una columna de vapor de agua y cenizas de más de 20 metros de altura un par de horas después (cuando estábamos trabajando apenas a una milla de distancia de la posición del volcán) nos pilló de sorpresa. Nos quedamos aturdidos mirando el espectáculo, sin capacidad de reaccionar, pensando qué hubiera ocurrido si el volcán hubiera estallado unas horas antes, cuando estábamos justo encima.

Nos acercamos hacia la zona de erupción. Apenas se podía respirar por el hedor a huevo podrido (ácido sulfhídrico*) que emanaba de las aguas y que invadía el barco hasta sus rincones más ocultos. Nos pusimos las máscaras protectoras y empezamos a tomar muestras.

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La ocasión era excepcional y el riesgo merecía la pena. Había en el barco una mezcla de excitación y temor que nos invadía a todos, pero principalmente compartíamos el sentimiento de que la situación era irrepetible y única, y que teníamos que aprovecharla.